La cuenta regresiva de las 42 horas: lo que las empresas colombianas ya deberían estar ajustando

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La cuenta regresiva de las 42 horas: lo que las empresas colombianas ya deberían estar ajustando

Jornada laboral, foto de referencia.
Las empresas que solo recorten horas sin revisar métodos de trabajo pueden sentir presión, pero las que aprovechen el cambio para ordenar prioridades podrían ganar margen operativo.

¿Realmente trabajar más horas equivale a producir más? En sectores administrativos, comerciales, tecnológicos, logísticos y de servicios, la reducción de jornada está obligando a mirar con más detalle la eficiencia de los procesos. Las empresas que solo recorten horas sin revisar métodos de trabajo pueden sentir presión. Las que aprovechen el cambio para ordenar prioridades, automatizar tareas y mejorar la planificación podrían ganar margen operativo.

En esta etapa, muchos empleadores están buscando claridad sobre fechas, obligaciones y efectos prácticos. Por eso resulta útil revisar todo sobre la reducción de la jornada laboral en 2026 antes de ajustar calendarios internos, políticas de turnos y cálculos de nómina.

El cambio no llegará como una sorpresa, aunque todavía puede tomar mal paradas a muchas empresas. El 15 de julio de 2026, Colombia completará la reducción gradual de la jornada laboral y pasará a una jornada máxima de 42 horas semanales. Es el último tramo de una transición que comenzó con la Ley 2101 de 2021 y que ha obligado a revisar turnos, horarios, cargas de trabajo y costos asociados a la operación diaria.

La discusión ya no está en si la medida se aplicará, sino en cómo llegar preparados. Durante 2025, la jornada máxima quedó en 44 horas semanales. En 2026, la reducción final será de dos horas más, hasta alcanzar las 42 horas. Para las áreas de talento humano, nómina, operaciones y gerencia, el reto consiste en adaptar la organización sin afectar el servicio, la productividad ni la experiencia de los trabajadores.

La noticia detrás de la noticia

La reducción a 42 horas no implica una disminución del salario. Ese punto es central porque cambia la forma de calcular el valor de la hora ordinaria y, por extensión, el impacto de horas extra, recargos y algunos esquemas de compensación.

Esto significa que la conversación empresarial no puede limitarse al horario de entrada y salida. También toca la estructura de costos, la programación de turnos, la disponibilidad de personal en horas pico y la manera en que se distribuyen las tareas críticas. Para una empresa con operación continua, dos horas menos por semana pueden exigir rediseños relevantes. Para una compañía con trabajo administrativo, el cambio puede resolverse con una redistribución más inteligente del tiempo.

Una tienda tendrá que revisar cobertura en fines de semana, descansos y atención al público. Una empresa de servicios profesionales deberá mirar reuniones improductivas, cargas duplicadas y tiempos muertos. Una planta o centro logístico necesitará cuadrar turnos sin exceder topes legales ni deteriorar la continuidad operativa.

Ajustes que conviene hacer antes de julio de 2026

Más que esperar el último mes, las empresas deberían usar este periodo para hacer una auditoría interna de jornada. El punto de partida es simple: saber cuántas horas se trabajan realmente, dónde se concentran los picos de actividad y qué cargos dependen de horarios rígidos.

También conviene revisar contratos, reglamentos internos, sistemas de marcación, turnos rotativos, acuerdos de trabajo flexible y parametrización de nómina. Si la empresa opera con software de gestión humana, el ajuste debe reflejarse en calendarios, novedades, reportes y cálculos automáticos. La reducción de jornada no debería manejarse con controles manuales improvisados.

Antes del cambio final, las organizaciones deberían revisar al menos estos puntos:

● Horarios actuales por área, cargo y tipo de operación;

● Contratos laborales y reglamento interno de trabajo;

● Esquemas de turnos rotativos, descansos y recargos;

● Sistemas de control horario y marcación;

● Parametrización de nómina para horas ordinarias y extras;

● Cargas de trabajo por equipo;

● Procesos que puedan automatizarse o simplificarse;

● Comunicación interna para explicar los nuevos horarios.

Otro frente sensible es la comunicación. Los trabajadores necesitan saber cómo quedará su horario, qué pasará con los descansos, cómo se manejarán las horas extra y qué cambios aplican según el área. Una transición clara reduce rumores, reclamos y errores administrativos.

Productividad, bienestar y una nueva forma de medir el trabajo

La reducción de jornada también abre una oportunidad cultural. Durante años, muchas organizaciones midieron compromiso por la permanencia física: quien estaba más tiempo en la oficina parecía más productivo. Ese criterio pierde fuerza cuando la ley empuja a concentrarse en resultados.

Las empresas que mejor se adapten serán las que aprendan a medir cumplimiento por objetivos, tiempos de respuesta, calidad del servicio y coordinación entre equipos. La eficiencia dependerá menos de extender la jornada y más de eliminar tareas innecesarias, reuniones excesivas y procesos mal diseñados.

Para los trabajadores, el cambio puede mejorar el equilibrio entre vida personal y empleo, siempre que la reducción no se traduzca en mayor intensidad sin organización. Menos horas con la misma carga, mal distribuidas, pueden generar estrés. Menos horas con mejores procesos, en cambio, pueden fortalecer bienestar y rendimiento.


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