Davos 2026 no fue un punto de inflexión para el clima y precisamente por eso resulta tan revelador

Alexis Leroy

Davos 2026 no fue un punto de inflexión para el clima y precisamente por eso resulta tan revelador

La transición climática no es una agenda sectorial. Es una redefinición del contrato económico global.

Mientras el mundo se reunía bajo el lenguaje del diálogo, la cooperación y la estabilidad global, el clima volvió a ocupar un lugar secundario, eclipsado por la geopolítica, las tensiones comerciales y las disputas de poder económico. Importante, sí. Urgente, también. Pero no estructuralmente central.

Ese es el verdadero resultado de Davos.

Seguimos tratando la financiación climática como si fuera filantropía.

Los mercados de carbono como si fueran accesorios.

La naturaleza como si fuera una externalidad que se puede ignorar o postergar.

Pero la realidad es otra, mucho más profunda:

La acción climática no es un complemento moral de la economía. Es parte esencial de la economía.

El carbono no es una herramienta de compensación voluntaria. Es un activo soberano.

La financiación climática no es caridad. Es infraestructura macroeconómica.

Y el Artículo 6 del Acuerdo de París no es un mecanismo técnico para especialistas. Es el puente que falta entre la estabilidad planetaria y la contabilidad económica de los Estados.

Para América Latina, África y gran parte del Sur Global, esta discusión no es teórica.

Es una cuestión de soberanía económica. Nuestros territorios concentran una parte esencial de los bosques, la biodiversidad, el agua y los sistemas naturales que estabilizan el clima del planeta. Sin embargo, seguimos apareciendo en la economía global como receptores de ayuda, no como productores de valor. Esa contradicción es el corazón del problema.

Lo que Davos mostró, quizás sin quererlo, es que seguimos intentando resolver riesgos sistémicos del siglo XXI con reflejos de gobernanza del siglo XX. Buscamos consenso dentro de marcos que nunca fueron diseñados para integrar la equidad, la soberanía económica ni la creación de valor estructural para el Sur Global.

El problema no es de voluntad. Es de arquitectura.

La verdadera conversación debería ser esta:

¿Cómo convertimos la acción climática en producción económica reconocida?

¿Cómo transformamos la protección de la naturaleza en valor fiscal legítimo?

¿Cómo dejamos de tratar a los países custodios de los ecosistemas como beneficiarios de ayuda y empezamos a reconocerlos como productores de estabilidad global?

Mientras el carbono no sea tratado como valor soberano, mientras la financiación climática no entre en los balances nacionales con dignidad y legitimidad,
mientras la equidad no sea un principio de diseño y no solo un discurso,

Davos seguirá siendo un espacio de reflexión sofisticada… pero de transformación incompleta.

El futuro de los mercados climáticos no se decidirá por comunicados oficiales. Se decidirá cuando tengamos el coraje político y financiero de redefinir qué entendemos por riqueza, valor y desarrollo.

Porque la transición climática no es una agenda sectorial. Es una redefinición del contrato económico global.

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