El Norte vuelve a contabilizar la naturaleza del Sur… y otra vez olvida pagarla

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El Norte vuelve a contabilizar la naturaleza del Sur… y otra vez olvida pagarla

La biodiversidad no necesita otro estándar contable. Necesita un comprador.

En octubre, mientras los gobiernos se reúnan en Ereván para la COP17 de Biodiversidad, el Consejo de Normas Internacionales de Sostenibilidad (ISSB) publicará un borrador que casi nadie fuera del mundo contable está mirando: el estándar para divulgar información sobre biodiversidad, ecosistemas y servicios ecosistémicos. Lo han bautizado, sin demasiada poesía, como "BEES". Es un avance técnico genuino. Y es, una vez más, la respuesta equivocada a la pregunta correcta.

Desde hace quince años el mundo perfecciona la forma de medir la naturaleza. Tuvimos la contabilidad ambiental de Naciones Unidas, las normas del GRI, las recomendaciones del TNFD y ahora BEES. Cada iteración es más sofisticada que la anterior. Y sin embargo el capital fluye hacia los ecosistemas casi con la misma lentitud que hace una década. La razón es simple y conviene decirla sin rodeos: el capital natural no sufre un déficit de métricas. Sufre un déficit de mercado.

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Hay algo en 2026 que los debates anteriores sobre medición no tenían: la prueba de que los regímenes basados en divulgación son frágiles. En los mismos meses en que el ISSB avanza con BEES, la Unión Europea diluyó su propia arquitectura —la directiva de reporte de sostenibilidad, la de debida diligencia, los estándares ESRS— mediante el paquete Ómnibus, elevando los umbrales corporativos hasta el punto de que reportarán menos empresas que bajo la norma que vino a reemplazar. Estados Unidos, de nuevo, abandonó el Acuerdo de París. Una obligación de divulgar puede deshacerse con un voto parlamentario o una elección.

Y aquí está la distinción que importa. Una obligación regulatoria es una promesa política. Un mercado —un flujo de caja verificable, un acuerdo firmado bajo el Artículo 6, un contrato entre un país anfitrión y un comprador— es un hecho económico. Las promesas se revocan; los hechos se acumulan. La medición es reversible. Un mercado, una vez construido, no lo es.

Conviene mirar dónde sí avanza el dinero. Mientras un parlamento elevaba los umbrales del reporte corporativo, gobiernos del Sur y del Norte siguieron firmando acuerdos bilaterales bajo el Artículo 6, y bancos regionales de desarrollo —la CAF en América Latina, la BOAD en África Occidental— avanzaron en corredores de financiamiento Sur–Sur. Ninguno de esos instrumentos depende de un estándar de divulgación. Generan flujos verificados con independencia de quién gobierne en Bruselas o en Washington. Esa es la diferencia entre construir un mercado y redactar una obligación: el primero sobrevive al ciclo electoral; la segunda no siempre lo hace. La acción climática real lleva años desplazándose de los textos hacia los contratos, y el reporte corporativo es, todavía, un texto.

Para América Latina esto debería encender una alarma. Cada nueva norma contable sobre la naturaleza se diseña en el Norte, para los balances de las corporaciones del Norte y los portafolios de sus inversionistas. BEES le dirá a una empresa en Fráncfort o en Nueva York qué tan expuesta está su cadena de suministro a la pérdida de biodiversidad. No moverá un solo dólar hacia la comunidad del piedemonte del Meta, de la cuenca del Congo o del manglar del Pacífico que efectivamente sostiene esa biodiversidad. Estamos perfeccionando el instrumento que permite al Norte contabilizar la naturaleza del Sur sin contraer la obligación de pagarla.

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Casi cuarenta países ya respaldaron las normas del ISSB; representan, según el propio organismo, cerca del 60 % del PIB mundial. La pregunta no es cuántos firman. Es qué obtiene el Sur Global a cambio de ser, otra vez, el contenido que se mide y no el sujeto que se remunera.

Lo que convierte la naturaleza en valor invertible no es un estándar más. Son tres condiciones, y ninguna la produce un borrador de divulgación. Primero, un flujo de caja verificable: alguien tiene que pagar, de forma recurrente, por el carbono capturado, el agua regulada, la biodiversidad mantenida. Segundo, una señal regulatoria clara: un Artículo 6 implementado con seriedad, no un texto en negociación perpetua. Tercero, la alineación de incentivos con quien habita el territorio, porque ninguna conservación sobrevive si resulta más rentable talar que cuidar.

Por eso la verdadera prueba de Ereván no será si bendice a BEES. Será si avanza en la plomería financiera que sigue ausente: capitalizar la preparación de proyectos, que es donde el pipeline se rompe; usar el capital público para reducir el riesgo del privado en lugar de sustituirlo; y diseñar el Artículo 6 con criterios de equidad y prioridad para el país anfitrión. La biodiversidad no se salvará por estar bien reportada. Se salvará por estar bien pagada.

No me malinterpreten. Medir bien es necesario; la información de calidad reduce el riesgo, y el riesgo percibido es hoy el principal obstáculo para la inversión en la naturaleza. Pero la medición es el andamio, no el edificio. Llevamos quince años puliendo el andamio y discutiendo su color.

La biodiversidad no necesita otro estándar contable. Necesita un comprador. Y mientras el mundo debate cómo contar mejor la naturaleza, vale recordar lo que esa discusión esconde: decidir cómo se mide la naturaleza es, en el fondo, decidir quién no tendrá que pagarla.

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