El nuevo orden y la traición a la libertad

Asdrúbal Aguiar

El nuevo orden y la traición a la libertad

Lea aquí la última columna de opinión de Asdrúbal Aguiar, secretario general del Grupo Idea.

La derrota electoral sufrida por Donald Trump en las elecciones de medio término y el control que sobre el Congreso de Estados Unidos y una mayoría de gobernaciones han alcanzado los demócratas, podría indicar – es un condicional – que la deliberación política como la búsqueda de un eje central que le ponga término a las polaridades destructivas de la democracia y defina el espacio de certidumbres sociales y políticas, encuentra su ocassio, su oportunidad.

Los errores de gestión y el deslave de arbitrariedades en el ejercicio del poder siempre se castigan, en una democracia madura. Cuanto falta esta los cobran la represalia, la insurgencia social, la ingobernabilidad. De modo que, lo ocurrido en las señaladas elecciones es una buena noticia. Sólo la nación es la dueña de su propio destino.

Que esto signifique el final de Trump es, como premisa, una falsa apreciación. Bill Clinton perdió las elecciones de medio término ante los republicanos en 1994 y logró su reelección en 1996. Se trata, obviamente, de dos personalidades distintas, si bien aquél sufrió una derrota que igualmente puso fin a cuatro décadas de control demócrata de la Cámara y entregó a los republicanos el control de todo el Congreso.

Cuando el actual ocupante de la Casa Blanca fue reelegido, afirmé que, con vistas al proceso de deconstrucción global, de crisis terminal de Naciones Unidas, de postergación por los gobiernos occidentales del principio ordenador del respeto a la dignidad humana, y de las amenazas que se han cernido sobre un Occidente avergonzado de sus raíces, Trump se mostraba como el líder necesario.

El general norteamericano George Smith Patton Jr. fue reconocido por su liderazgo agresivo en la guerra acorazada y por su fuerte carácter durante la Segunda Gran Guerra del siglo XX. Y cierto es, en efecto, que el mundo todavía presencia, por etapas, a partir de 1989 y sobre todo desde cuando China y Rusia impulsan la guerra contra los ucranianos, una modalidad bélica global y de nueva generación.

El desiderátum, aspiracional, es el parto, la espera y forja de otro orden. Es el final establecimiento de una norma mundi renovada – uso el giro de la brillante filósofa del Derecho española, Cristina García Pascual, autora de la Lucha por el derecho internacional (2015) – que deje atrás, acaso como utopía, la tensión agonal corriente y en todos los lugares entre el poder y la legalidad. Es un ciclo o elipse que debe cerrarse, finalmente.

Mal puede entenderse la anterior dinámica sino se regresan hacia atrás las páginas escritas. Hoy se olvida u omite el texto firmado el 4 de febrero de 2022 por Vladímir Putin y Xi Jinping, en Pekín, una declaración conjunta que consagró una asociación estratégica "sin límites" orientada a impulsar un orden mundial multipolar frente a la influencia de Estados Unidos.

Casualmente, forte quadam o como especie de casualidad según decían los romanos, la pandemia del COVID-19, de origen chino, fue uno de los factores decisivos que influyeron en la derrota electoral de Donald Trump en las elecciones de 2020. Tanto como incidió sobre las mismas el debate por la gobernanza digital, por la tecnología 5G, que le cerró espacios en las redes. Llegó luego a crear la suya.

Cabe, así, con vistas a lo actual, recordar que Venezuela, como laboratorio estratégico situado en el corazón de las Américas, era parte de esa entente del Oriente, a la vez que poseedora de una colosal reserva energética definitoria al momento de balancearse las capacidades que aseguren las potencias y los repartos o conductas que vendrán a determinar los contenidos del orden global en formación.

Los errores de Trump, sin embargo, no cabe minimizarlos. En lo global es de observar la traición que de los activos intelectuales de libertad que son propios de la cultura judeocristiana como fuentes de Occidente, vino a significar su Estrategia de Seguridad Nacional. La ejemplaridad de USA, a saber, el servir como referente de la estabilidad mundial a partir de valores mundialmente compartidos, quedó abrogada. Sobrevino una visión entrópica y egoísta: “Los asuntos de otros países solo nos incumben si sus actividades amenazan directamente nuestros intereses”.

Lo último, cabe decirlo sin ambages, fue lo que determinó la acción del 3 de enero de 2026 en Venezuela, para descabezar al entramado narco criminal instalado y que había secuestrado los poderes del Estado, a la república, para asegurarse su impunidad tras el valladar de la soberanía. En modo alguno medió preocupación por el rescate de la libertad y la experiencia de la democracia para el bien de los venezolanos.

No sólo se predicó desde Washington que el pueblo de Venezuela no estaba preparado para tener elecciones, siendo que se trataba del país que dio ejemplo de democracia al hemisferio a lo largo de casi medio siglo, hasta 1999. Y cuyo pueblo, en 2023 y 2024 logra doblegar al poder desenfadado de la dictadura, derrotándolo en las urnas, haciéndose de las pruebas de su monumental victoria.

Entre la fuerza y el poder de la legalidad, la estrategia de la Administración Trump optó por la primera, por la creación de un miedo colectivo ante USA que obligase a las demás naciones, gobernantes e individuos, a “buscar nuestra ayuda y sean receptivas a nuestros esfuerzos para resolver conflictos y mantener la paz”, reza el documento respectivo.

El asunto no baladí, tampoco ilusorio en el marco de la deconstrucción global en avance, sino que, mal podrá renovarse un orden como el construido al término de la Gran Guerra en 1945, que vivió la experiencia del holocausto, o asegurar la firmeza de otro diferente, si se parte de la concepción atomista que decidió asumir Trump: “El mundo funciona mejor cuando las naciones priorizan sus intereses. Estados Unidos priorizará sus propios intereses y, en sus relaciones con otras naciones, las alentará a que también prioricen los suyos”.

La libertad, sacrificada en el altar de las grandes potencias

La historia, por lo visto, no opera para la actual Norteamérica, para su Estado cabe precisarlo, como madre y maestra. El planteamiento antes esbozado significa, en su esencia, la reinstalación de la lógica con la que se fundó a la antigua Sociedad de Naciones al finalizar la Primera Guerra Mundial. Al privilegiarse los intereses nacionales, huérfanos de una visión de conjunto compartida como norma fundamental (Grundnorm) o de base, se le pavimentó el camino al nazismo y a la siguiente conflagración, a partir de 1939. El “equilibrio de fuerzas” fue el origen del fracaso de la organización imaginada al término de la guerra mundial que se iniciara en 1914 y es la tesis que hoy actualiza Washington: “Trabajaremos con aliados y socios para mantener el equilibrio de poder global y regional y prevenir el surgimiento de adversarios dominantes.”

Por si no bastase, la libertad y la democracia entendidas como la institucionalización del Estado constitucional y garantista de los derechos fundados en la dignidad de la persona – norma de orden público internacional aceptada por el conjunto las grandes potencias vencedoras, entre estas China y Rusia, concretada en la Declaración Universal de Derechos Humanos – han sido disueltas dentro de la Estrategia de Seguridad Nacional.

He aquí la paradoja. El indicado documento ofrece su consenso, una tácita adhesión al principio ordenador fijado en el acuerdo de Pekín antes citado - Declaración Conjunta sobre las Relaciones Internacionales en una Nueva Era y el Desarrollo Sostenible Mundial – y a cuyo tenor Rusia y China sostienen que: “Depende del pueblo del país decidir si su Estado es democrático”, o no lo es.

De modo que, el que haya o no democracia en Venezuela o en los otros países iberoamericanos ganados por las formas autoritarias electivas, dictaduras del siglo XXI, es un asunto irrelevante para las grandes potencias de actualidad.

La buena noticia, a todas estas, es que el pueblo, pensemos otra vez en el venezolano dada su resiliencia y tozuda genética libertaria, que se ha sobrepuesto a las repúblicas autoritarias que ha padecido a lo largo de una historia patria bicentenaria, como laboratorio de la cuestión global, de buenas a primera entendió la extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores – creyéndola como el resultado de una “protección humanitaria” – al apenas descubrir su verdad y trasfondo, el control de la riqueza petrolera venezolana, aquél tiró al piso su apreció por Trump y su delegada, Delcy Rodríguez.

Todavía más. Vaya como dato de relevancia, pues contextualiza el daño de la regresión ética ocurrida en el gobierno norteamericano a partir de su atomista Estrategia de Seguridad Nacional, la persecución indiscriminada de los venezolanos en Estados Unidos, que recrea las sucedidas contra los judíos durante el Nacional Socialismo, en Alemania. La nación norteamericana ha cobrado con severidad ese mayúsculo dislate ocurrido, indigno de la tradición humanista de sus padres fundadores y su Ilustración, como Thomas Jefferson, Benjamín Franklin y Thomas Paine. Se distanciaron y denunciaron la cuestión emblemáticas figuras republicanas, como María Elvira Domínguez, Mario Díaz Balart y Carlos Giménez.

En hora buena, a diferencia del general Patton, que dada su formación militar respondía a códigos de comportamiento mineralizados, el presidente Trump, hombre de negocios y suerte de comerciante fenicio, que eleva el precio de sus transacciones para luego bajarlo a su nivel esperado, de ordinario cambia sus decisiones al ritmo de las circunstancias.

Durante su primer mandato hizo de China objeto de repulsión. En el actual recibe con honores y afecto desbordado a Xi Jing Ping. Le cerró las puertas a Putin, y angustiado por los efectos del aumento de los precios del petróleo que han dañado la economía de sus electores dejó atrás a Ucrania y se entiende con su nuevo mejor amigo, el dueño del Kremlin. Y es que, como bien se dice, “ambos comparten rasgos de personalidad y una concepción transaccional de la política centrada en el territorio, el dinero y las relaciones de fuerza, más que en la diplomacia tradicional” y los valores fundamentes de la civilización judeocristiana y grecolatina.

Ciertamente que, la premisa del interés propio luego queda encubierta como aporía en la Estrategia de Seguridad Nacional escrita, afirmándose la preocupación por la inestabilidad de los terceros: “Como resultado de la guerra de Rusia en Ucrania, las relaciones europeas con Rusia se han visto profundamente deterioradas, y muchos europeos consideran a Rusia una amenaza existencial. Gestionar las relaciones europeas con Rusia requerirá una importante intervención diplomática estadounidense, tanto para restablecer la estabilidad estratégica en toda la masa continental euroasiática como para mitigar el riesgo de conflicto entre Rusia y los estados europeos”.

En suma, entre avances y retrocesos, dogmas y aporías, arrebatos y sensatez, como lo recién declarado por Donald Trump al saber de su derrota – “esperamos poder trabajar con ellos”, los demócratas. “Probablemente lleguemos a algún acuerdo”. “Hicieron un buen trabajo” – lo sensato es permanecer atentos y esperar al desarrollo de los acontecimientos. A este le quedan dos años por delante. Son pocos para administraciones medianas y sin recursos. Son suficientes para que una potencia mundial como Estados Unidos lidere el porvenir y la globalización o termine como la Roma del joven emperador, Rómulo Augústulu, en el año 476 d.C.

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