Petróleo sí, pero no a este precio

Asdrúbal Aguiar

Petróleo sí, pero no a este precio

Lea aquí la última columna de opinión de Asdrúbal Aguiar, secretario general del Grupo Idea.

Recreada la cuestión de La dignidad de la república, tal como lo hice la pasada semana, sobrevino en lo inmediato una manifestación venida de la Casa Blanca, desde la red personal del presidente Donald Trump este 28 de agosto. Ha escandalizado a las mentes sensatas que restan en Occidente. Reza, en trazos gruesos, así: “USA acaba de firmar un acuerdo con Venezuela, ¡el mayor acuerdo petrolero en la historia mundial!, … ha asegurado el control mayoritario estadunidense de más de 65 mil millones de barriles de reservas petroleras probadas en Venezuela, sin costo para el contribuyente estadunidense…”.

Precisa Trump que el logro fue la obra de su secretario de Estado, Marco Rubio y del secretario de Guerra Pete Hegseth – que no el de Energía – “trabajando en estrecha colaboración con la “muy respetada” presidente interina de Venezuela, Delcy Rodríguez”.

Esta, causahabiente, vicepresidenta que fue de Nicolás Maduro, el gobernante extraído por el mismo Trump mediante una acción de fuerza el pasado 3 de enero bajo el doble alegato de ser un ilegítimo y cabeza de un entramado narco criminal, ha confirmado y convalidado la noticia: “Venezuela anuncia un histórico acuerdo con el gobierno de los Estados Unidos… Representa un hito histórico en las relaciones bilaterales entre Venezuela y los EE. UU. El acuerdo permitirá incrementar la producción de petróleo con la participación de operadores privados”. Al paso, le agradece a Trump y su secretario de Estado “por su disposición en el desarrollo de este acuerdo”, por ser tan generoso.

¿Cómo entender este desenlace que, en lo inmediato desengaña la esperanza de libertad de los venezolanos? ¿Cómo digerir este pacto fáustico, que las élites políticas y económicas propias y extrañas celebran?

José Rafael Pocaterra, en sus Memorias de un venezolano de la decadencia (1928), al describir la fetidez de su época, en tiempos de Cipriano Castro – al quien también quiso extraer el Departamento de Estado como lo ha hecho con Maduro – y tras sufrir vejámenes y torturas en el Castillo de Puerto Cabello refiere que “los que se han comido la vergüenza y logran digerirla han dado la siguiente definición de quienes prefieren el ayuno: ¡carecen de habilidad política!”.

Les opone la ejemplaridad de Ulises, que si bien se mueve entre la aventura y la destreza y una que otra mentira “regresa a Ítaca a castigar y a reinar… A poner un beso glorioso sobre la honestidad que hila y espera; a consagrar la fe que no desmaya y el hijo que no duda”.

Desandemos, pues, honrando la memoria de nuestros Padres fundadores, el trasfondo de esta gresca. De buenas a primera es un monumento a la desfachatez y la corrupción. Presagia comprometer la estabilidad de las relaciones de Estados Unidos con América Latina, ya que puede despertar un inconsciente que había logrado sosegarse, para bien de todos. Pretende hipotecar el destino de las venideras generaciones de Venezuela, la de nuestros hijos, nietos y biznietos.

Lo primero de saber e identificar, dicen los más cautos, son los nombres tras esos “negocios privados” del gobierno norteamericano sobre 17 campos de petróleo y yacimientos estratégicos. El buenismo sugiere esperar a que se conozcan los contenidos de los documentos que todavía permanecen engavetados, ajenos al escrutinio de la opinión pública o parlamentaria, en ambos países.

En lo personal y acicateado por los años vividos, creo que lo declarado oficialmente se basta. Ha de bastarle a todo espíritu perspicaz. Todavía más cuanto que, las más importantes empresas petroleras del mundo han dicho que no invertirán en Venezuela, hasta tanto no reaparezca un cuadro cierto de estabilidad institucional y seguridad jurídica que atenúe los riesgos para las probables y millonarias inversiones requeridas. Se estiman de necesarios unos 100.000 millones de dólares, sin que se cuenten los 50 mil millones de dólares que cuesta la reconstrucción material del país tras el doble terremoto del 24 de junio anterior.

Cuando la geopolítica acaba con la libertad

Bajo el ecosistema imperante desde inicios del siglo, los gobernantes de nuestro tiempo ejercen su poder y dictan sus mandatos a través de las redes digitales; aun cuando predominen en estas la virtualidad y la instantaneidad; lo que les permite a estos cultores de la mentira, cuando se les vuelve fisiología del poder, cambiar a discreción sus dichos o narrativas, sin tener que ruborizarse. La verdad, en los días que no acompañan, es un asunto de imaginación y al detal, tanto para los narcisos de la política como para los emperadores de la soberbia.

Lo objetivo, a todo evento, es que las manifestaciones de Trump y de la Rodríguez, tienen un valor para el Derecho internacional en vigor. Expresan interpretaciones auténticas de lo que hayan convenido, así sea tras del telón y a medianoche. Se trata de dos gobernantes, uno de estos de facto e ilegítimo. Lo que al paso abre senda a otros asuntos de relevancia. Dejo algunos como interrogantes: ¿El acuerdo de marras, que es la consecuencia de un acto previo de fuerza, está o no viciado desde sus inicios por falta de un libre consentimiento? ¿Puede alcanzarse un acuerdo válido y sostenible en el tiempo con una representación que carece de toda legitimidad, de toda legalidad constitucional, en lo interno como en lo internacional, obviándose la exigencia de su convalidación? ¿Puede disponerse del patrimonio y la riqueza de una nación independiente y soberana mediante un hecho de su gobierno que viole y afecte palmariamente a su Estatuto fundamental?

Dejo en libertad a los opinadores e internautas para que elaboren, con discernimiento propio, sus respuestas. Yo las tengo. Sólo agregaría pocos datos o elemento de juicio, que veo de inexcusables, como la resolución del Consejo Permanente de la Organización de los Estados Americanos de 10 de enero de 2019, que “acordó no reconocer la legitimidad del nuevo período presidencial surgido de las elecciones del 20 de mayo de 2018” en Venezuela. Maduro asumió por la vía de facto el poder y acto seguido, el 14 de junio de 2019, nombra vicepresidenta a Delcy Rodríguez. La pregunta huelga. ¿Puede contar ella, designada sin cualidad por Maduro, con alguna cualidad o legitimidad como para sucederle?

El grupo mayoritario de miembros de la OEA, incluido Estados Unidos, llegado el 16 de enero de 2025, por segunda vez rechazó a Maduro por ilegítimo y “el acto de investidura presidencial ocurrido el 10 de enero de 2025”. Le exigió “que respete la voluntad del pueblo expresada en las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024”, en la que resultó electo y quedó como custodio legítimo de la voluntad popular el embajador Edmundo González Urrutia.

De modo que Rodríguez ha pactado en nombre del Estado venezolano asumiendo como cosa suya la soberanía de este, y ha dispuesto de su patrimonio petrolero, sin cualidad y sin nombramiento válido como jefe del Estado. Que el gobierno de Estados Unidos, regresando sobre sus pies, por razones de fuerza y utilitarias haya decidido omitir esa realidad incuestionable llamando “respetable” a la dictadora interina de los venezolanos, apenas construye un hecho, pero contrario a Derecho.

¿De qué se trata todo esto, entonces, e insisto?

La búsqueda de un paralelo histórico, como lo veo, es lo que mejor puede ilustrarnos y desvelarnos el contexto de lo que urge comprender y se nos muestra incomprensible. Rómulo Betancourt, en su libro seminal Venezuela, política y petróleo, cuyos primeros trazos perdidos los escribe entre 1937 y 1939, desde su clandestinidad evadiendo a la policía política, en su primera edición de 1956 nos regala el astrolabio. Sin circunloquios ni neutralidad ni con “tersa serenidad”, nos explica una disputa similar que le tuvo como cronista.

A pesar de las recomendaciones de sus amigos en contrario, describe los hechos que nos interesan abandonando el “tono profesoral” para no traicionar lo que piensa y lo que siente: “Llevo a Venezuela en la sangre y en los huesos; me duelen los dolores colectivos, y cuando se trata de hablar de ellos, sería un farsante si jugara a la comedia de la imparcialidad”, confiesa. Es el abrebocas para su relato.

Pero vaya antes una observación liminar, para que nuestra sorpresa sea hiperbólica. En la estrategia de seguridad nacional de USA vigente se estableció, así se le llama, el Corolario Trump de la Doctrina Monroe. Los medios la titulan como Monroe 2.0 y significa, precisamente, el “control estadunidense en el hemisferio occidental” usando de su presencia y disuasión permanentes; evitando la presencia de potencias extra hemisféricas, y sumando a su geopolítica las variables económica, tecnológica y militar. Se busca, preferentemente, un espacio – he aquí Venezuela, como anillo al dedo – económicamente integrado a Estados Unidos.

El petróleo deja de ser, así, un recurso exclusivamente venezolano y se vuelve activo estratégico hemisférico, controlado por USA, que se reserva decidir – lo ha confesado Trump y lo practica – quién invierte, quién produce, quién transporta, quién refina, quién compra y hacia qué mercados se dirigirá el petróleo venezolano.

Arthur P. Whitaker, un profesor norteamericano que estudió las relaciones entre USA y nuestra región (The United States and South America, Harvard, 1948), en libro que le prologase el exsecretario de Estado, Sumner Welles, escribe, como en una vuelta de tuerca que se repite, que “a Venezuela, otra nación bolivariana, le correspondió jugar un papel muy importante en el desarrollo de otra expresión del imperialismo… el Corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe (1904-1905)”. Es la cita que nos ofrece Betancourt y cabe rescatarla de las miserias del pasado, para que nos muestre al trasluz las miserias de la hora corriente.

La traición y la extracción vuelven a repetirse

El Cabito, Cipriano Castro, a inicios del siglo XX, desafiando a Estados Unidos por indignado con la empresa de Filadelfia “The New York and Bermudez Company”, explotadora del lago de asfalto de Guanoco en el Estado Sucre, beneficiaria de una concesión que le fue otorgada a Horacio Hamilton en 1883, demandó ante los jueces de Caracas que la sancionasen por haber financiado la Revolución Libertadora. Un infidente, empleado de aquella, Ambrose Horatio Carner, le allegó las pruebas del abuso al presidente. Esperaba su contraprestación, que éste honra con toda liberalidad. Entretanto, el ministro plenipotenciario de USA, el señor Bowen, a quien el propio Castro ha designado como su representante para que le resolviese el enojoso bloqueo de nuestras costas por las potencias europeas, entre 1902 y 1903, luego le armó una conspiración para extraerlo a la fuerza al igual que a Nicolás.

“El ministro Bowen, el antiguo plenipotenciario de Castro, urgía a la Casa Blanca para que pusiera en ejecución el Plan Parker. Lo había elaborado el agregado militar de la Legación de los Estados Unidos. Era simple y expeditivo: desembarco de los infantes de marina, captura de Castro, ocupación de las aduanas, establecimiento de un gobierno provisional made in USA”, reseña Betancourt. Hace evidente, además, el choque de intereses soterrados entre los mismos actores norteamericanos que salivan y compiten para ponerle mano al negocio que les representa Venezuela como botín.

Tal vez más eficaz en sus resultados – agrega el autor, a renglón seguido – fue la intriga desplegada por el mal llamado trust del asfalto de Nueva York [Warner-Quinlan + Venezuelan Mine, adquirentes de los derechos sobre la mina La Felicidad aledaña a Guanoco y acusados de ser los testaferros del propio Castro] contra sus rivales de Filadelfia [New York & Bermúdez + General Asphalt Company of America], financistas de la insurgencia de Manuel Antonio Matos] y usufructuarios, estos, del «más grande depósito natural de asfalto del mundo», el Lago de Guanoco, según lo explica Venezuela, política y petróleo. Al término, este grupo, Barber Syndicate, tras su traspiés logra sobrevivir, en tanto que el Warner Syndicate, habiendo logrado posicionarse judicialmente al final retiro su aspiración sobre Guanoco.

Sea lo que fuere revisemos al presente, con vistas a lo antes ocurrido. El grupo Chevron, instalado en Venezuela y relacionado con el sátrapa de Maduro usando para ello a su empleado y confidente de la CIA, Ali Moshiri, en abril de 2026 logra aumentar su participación en Petro Independencia hasta 49 %. Obtiene nuevos derechos sobre la Faja del Orinoco. Sobrevive y se fortalece tras los sucesos del 3 de enero, en los que Moshiri apuesta por la continuidad de la Rodríguez, tras la caída de Maduro, al que todos traicionan a pesar de que negociaba desde antes con el enviado de la Casa Blanca, Richard Grenell. Ayer igualmente se apostaba a Gómez como el provisorio tras la eyección de Castro, en un cruce demencial de ambiciones por el asfalto o el excremento del diablo como le tildase Juan Pablo Pérez Alfonso.

Las mayores petroleras (ExxonMobil, Conoco Phillips y otras) todavía no deciden arriesgarse en Venezuela. Y allí aparece, como condimento de un caldo que se cocina a fuego lento, la pugna, entre Mauricio Claver-Carone, cabeza o lobbista que favorece a los llamados «wildcatters», a saber, unas compañías independientes pequeñas y medianas – buhoneros del petróleo – ávidas del negocio, interesadas en su ingreso rápido, la recepción de concesiones nuevas mediante contratos agresivos, y una menor dependencia del Estado venezolano.

Es este el marco dentro del que se ubica y aprovecha Alejandro Betancourt de manos de Claver, buscando se olvide la gruesa tajada del tesoro nacional que se engulló con Maduro para luego dejar sin electricidad a los venezolanos; electricidad de la que se necesita estos, casualmente, para la reactivación real de su producción petrolera. Este «bolichico» - paradojas que tiene la vida - es el otro socio “respetable” escogido por la Casa Blanca, junto a la Rodríguez, y con el que aquella ha montado la estructura que, en sociedad con el Pentágono, le asegurará monopolizar la actividad petrolera comprometida.

¿Se trató de una mixtura de intereses entre la CHEVRON y el entramado de «wildcatters», la que propicia la extracción armada en Caracas del pasado mes de enero? ¿Son estos o aquella los autores de la «estabilización» conveniente de la “respetada” Rodríguez? ¿No fue acaso esto lo que hizo el mismo general Gómez al complotar con Estados Unidos para sacar del medio a Cipriano Castro, impidiéndosele regresar al país y dando en pago el control del oro negro por los norteamericanos a lo largo de todo el siglo XX? A buen seguro que la duda será despejada más temprano que tarde, cuando la información de inteligencia se desclasifique o la filtre otra administración norteamericana sucesiva.

El giro de la tuerca sobrevino, es lo que importa para el análisis. Castro, al que la enfermedad le eyecta del poder y le facilita a USA validar la provisionalidad de Gómez, que se extiende desde 1908 hasta su muerte en Maracay, en 1935, vagó por el mundo. Se le cerraron todos los puertos y caminos. Fue víctima de la felonía de su ministro de relaciones exteriores, José de Jesús Pául – corre el mes de diciembre de 1908 – que le pide a Washington el envío de barcos de guerra a puertos venezolanos.

Pasadas las 48 horas, según la lectura de Betancourt, “zarpa de Hampton Roads el primero de los acorazados norteamericanos que iban a respaldarlo con sus cañones y con su marinería: el Maine. El 23 de diciembre le siguieron otros dos, el Des Moines y el North Caroline. En el último de esos navíos de guerra embarcó, en calidad de Comisionado de Estados Unidos, el Contralmirante W.I. Buchanan”, lo hace constar en su libro cimero.

Habiendo asumido el gendarme necesario su poder, así, el día 19 de diciembre, una figura a la que tanto elogia Laureano Vallenilla Lanz con su Cesarismo Democrático, mediante la disuasión acorazada dispuesta por Washington cedió cualquier obstáculo a los arreglos petroleros pactados desde antes y a la estabilidad de un déspota mejor dispuesto a subordinarse a Estados Unidos, el propio Gómez, el padre bueno y fuerte de los venezolanos.

El 13 de febrero de 1909, con rapidez fílmica, refiere el cronista, ocupada Venezuela “fueron firmados los Protocolos Buchanan-Gómez”. Se alcanzaba “el propósito de la nueva administración de revocar la política del presidente Castro”. Es una escena que replica de manera fidedigna nuestra contemporaneidad. Da cuenta de lo que es historia romana muy antigua y repetida, la de la traición: aquella que nace de la amistad, penetra el poder desde dentro y termina utilizando la confianza recibida para destruir al propio amigo y cuanto éste había construido.

“No fue el enemigo quien abrió las puertas: fue el amigo a quien se le entregaron las llaves”, consta en la tragedia de Sejano y Tiberio. Pocaterra es aún más lapidario. Le endoso a manera de epílogo, desde mi circunstancia. “Desde más allá de la patria geográfica y racional, desde más allá de la humanidad, de la urbanidad, del aseo de las manos… pues cada averiguación que hago es un verdadero asco”.

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